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El polémico ‘Lohengrin’ de Hans Neuenfels y un ‘Tannhäuser’ para niños abren la nueva etapa del festival wagneriano bajo el mando de las bisnietas del compositor

Se acabaron de una vez por todas las especulaciones. Las hijas del fallecido Wolfgang Wagner han sabido esperar, desde su nombramiento como máximas responsables del Festival de Bayreuth, antes de presentar sus primeras credenciales artísticas. El verano pasado no hubo ninguna producción nueva. Anteayer, 25 de julio, día de la inauguración de la 99ª edición del festival, mostraron sus primeras cartas.

De entrada habían invitado a debutar en la verde colina a uno de los directores de escena más transgresores de Alemania, Hans Neuenfels (Krefeld, 1941), para hacerse cargo nada menos que del intocable Lohengrin. En contraste, el jovencísimo Andris Nelson (Riga, 1978) se hacía cargo de la dirección musical. Era una doble apuesta valiente, por mucho que se tuviese en la chistera al tenor de moda, Jonas Kaufmann, una especie de Plácido Domingo a la alemana, para hacerse cargo del personaje que da título a la obra.

Las hermanastras -hijas del mismo padre y de diferentes madres- no se han conformado con este reto. Han planteado por primera vez una doble inauguración del festival a través de un proyecto para niños, en una sala de ensayos habilitada para la ocasión, con un Tannhäuser reducido a 70 minutos que hizo las delicias del público infantil que abarrotaba el recinto. Hasta 10 funciones están anunciadas hasta que tome el relevo en el mismo espacio un simposio internacional en colaboración con la Universidad Libre de Berlín que responde al enunciado ¿Cuándo vendrá el próximo cisne? Milagro entre estrategia y emergencia. Y además proyecciones al aire libre de algún título… En fin, Bayreuth ha cambiado de estilo.

La representación de Lohengrin fue de esas que podemos llamar de alta temperatura. Neuenfels ya había calentado motores horas antes, en una multitudinaria conferencia de prensa, con un despliegue de imaginativas ideas y corrosivo sentido del humor. La división de opiniones, que empezó ya en el primer acto y duró más de un cuarto de hora al final, fue de las que hacen época. Dominaron los abucheos sobre las aclamaciones, pero unas y otras fueron a pleno pulmón.

Neuenfels es un hombre de teatro muy experimentado y cuenta con un equipo de primera línea del que son parte fundamental el escenógrafo y figurinista Reinhard von der Thannen y el dramaturgo Henry Arnold. Las imágenes plásticas con las que cuenta la ópera son muy impactantes y el sentido teatral, impecable. Vaya por delante este reconocimiento a la profesionalidad teatral. El primer paso de Neuenfels y los suyos consiste en transformar la leyenda en un cuento lleno de alegorías y salpicado con un sentido del humor muy incisivo. La evolución de la especie humana está presente en los juegos narrativos y así el coro puede ser, en momentos, de ratas, bien como una ironía burlona en el tratamiento de la boda, bien como un reflejo del miedo y la inseguridad al que responden muchos colectivos de nuestro tiempo. Nada en cualquier caso es gratuito. La componente analítica deriva en una terapia.

Las utopías se muestran irrealizables pero hay al menos un mensaje de esperanza en la ópera que el propio Wagner consideraba la más triste de las suyas. Es un montaje que desde su apariencia a veces kitsch invita a pensar sobre la condición humana y sus enigmas. No es un cuento de hadas, desde luego, pero sí es un cuento ideológico o, si se prefiere, filosófico. Muy alemán, con una componente fantástica muy original y con un casi inverosímil sentido del humor.

El triunfador de la noche fue el tenor Jonas Kaufmann. Su actuación fue de principio a fin soberbia, con un fraseo admirable y un fabuloso dominio de las medias voces. Extraordinario asimismo Georg Zeppenfeld como el Rey, correcta Annette Dasch como Elsa y un poco justa de expresión dramática Evelyn Herlitzius como Ortrud. Magnífico el trabajo al frente de la orquesta de Andris Nelson, un director que está lanzado. Las enseñanzas de Mariss Jansons y su trabajo al frente de la Ópera de Letonia y de la orquesta de Birmingham han dado sus frutos. Una vez más estuvo sensacional el Coro de Bayreuth preparado por Eberhard Friedrich. En expresión, en matices y en línea de canto.

Capítulo aparte merece la ópera para niños, una idea de Katharina Wagner puesta en marcha gracias a una adaptación de Alexander Busche. Obviamente se adaptan las situaciones escénicas a las inquietudes de los más jóvenes pero todo ello con un gran respeto a la música original. Aunque se invita a los asistentes a la participación en alguna escena, los niños no se desmelenan en ningún momento y siguen con un interés casi religioso su particular Tannhäuser, con Elisabeth en bicicleta y Venus de punki con sus arañas que meten miedo. La dirección musical es de Hartmut Keil al frente de una orquesta de Fráncfort, y la escénica de Reyna Bruns.

Entre unas y otras cosas Bayreuth ha dado este año un paso adelante de considerable importancia. Dos últimos detalles. Uno: asistió a Lohengrin Angela Merkel, que aplaudió de pie al final con la misma intensidad y cara de satisfacción que la que se mostró a medio mundo en Sudáfrica con motivo de la victoria futbolística de Alemania frente a Argentina. Dos: en el momento de mayor rechazo del público a Hans Neuenfels y su escenógrafo saltaron al escenario Katharina y Eva Wagner para solidarizarse con ellos en un abrazo. Con gestos de este calado esta pareja tiene cuerda para rato.

J. Á. VELA DEL CAMPO

Fuente: El País

Kris Kristofferson y Elvis Costello abarrotan la clausura del Festival de San Sebastián

Pregunta: ¿Qué hacen Loquillo y Mikel Erentxun en un festival de jazz? Respuesta: Escuchar a Kris Kristofferson y a Elvis Costello. Pregunta: ¿Qué hacen Kristofferson y Costello en un festival de jazz? Respuesta: No sabe / no contesta. La cosa es que el cantautor metido a astro de la pantalla y el feliz consorte de la pianista Diana Krall y padre de gemelos clausuraron la 45º edición del Festival de Jazz de San Sebastián con los tendidos de La Trini al 100% de su ocupación y el personal sin localidades atiborrando las cercanías del lugar, que lo que no se ve, al menos, puede escucharse. Y si aquello no era jazz, a nadie pareció importarle. Ya se sabe que la afluencia a un concierto de jazz es inversamente proporcional a la cantidad de jazz que contiene la música. A menos jazz, más oyentes, y viceversa.

Jazz o no jazz, el del domingo fue un concierto no solo estupendo sino instructivo. Así, pudimos enterarnos de que Kristofferson estuvo de turismo por San Sebastián en 1958, y que probó los calamares en su tinta, dato notable que seguramente influyó en su manera de componer. Cincuenta años después, K. K. volvió a la ciudad sin añadidos de ningún tipo: su voz, la guitarra y la armónica, y eso fue todo. Con el añadido de que ni cantando ni tocando la guitarra o la armónica es gran cosa. Pero tiene algo, un ángel. Y unas canciones que parecen ser una sola troceada en rodajas de unos tres minutos de grosor.

Kristofferson se las cantó todas. De Bobby McGee -famosa por la versión de su ex, Janis Joplin- a Sandinista, de sus días de combatiente por la causa antiimperialista. Y, como si no hubiera sido suficiente, volvió a subir al escenario para cantarse un par de coplillas a dúo con el colega Elvis, al término del set de este. Que si bueno había sido lo de K. K., mejor todavía fue el recital del inglés, junto con su grupo de country, The Sugarcanes.

Cualquier recelo que nadie pudiera albergar en torno a la posibilidad de escuchar música vaquera sin resultar dañado en su equilibrio mental, lo despejó el rockero de canotier en un acorde. Algo tremendo, inaudito casi. Costello no concede un momento de respiro al oyente que apenas tiene tiempo de asimilar la que se le viene encima. En su repertorio, las versiones sesenteras -You’ve got to hide your love away, de Lennon-McCartney, o Friend of the devil, de Grateful Dead- se alternan con las composiciones del propio artista -las clásicas Alison y New Amsterdam o la deliciosa A slow drag with Josephine-, todo en su justa medida. Y el personal, a gozarla, puesto que de eso se trataba. Pero eso no fue todo.

Aquella misma tarde se nos dio la oportunidad de escuchar a una cantante de ópera interpretando jazz. Jessye Norman, nada menos. El recital de la susodicha en el auditorio del Kursaal nada tuvo que ver con lo que se ha podido escuchar a alguno de sus colegas cuando se les da por cantar rancheras o a Mecano, y menos mal.

La soprano, famosa por sus interpretaciones de Beethoven y Verdi, tiró de memoria histórica para recuperar un repertorio que, asegura, forma parte de su educación sentimental. Mucho Ellington -Don’t get around much anymore, I’ve got it bad (and that ain’t good), Heaven, pertenecientes a su ciclo de Conciertos Sacros…-, algún recuerdo a las colegas caídas en combate -Josephine Baker, Lena Horne, Odetta…- y hasta My baby just cares for me, de Nina Simone, a ver quién nos iba a decir que íbamos a escuchar nunca a la diva cantando aquello de “mi chico no se preocupa por coches ni carreras, mi chico solamente se preocupa por mí”.

La Norman prescindió de alardes innecesarios para centrarse en lo que importa: la canción. El resultado fue lo más parecido a un recital de jazz tal y como se estilaba en tiempos de Sarah Vaughan y Ella Fitzgerald. Al final ha tenido que venir una cantante de ópera para recordarnos cómo se canta jazz. Tiene guasa la cosa.

CHEMA GARCÍA MARTÍNEZ

Fuente: El País

Un público fiel disfruta en el Festival de San Sebastián con los predecibles George Benson y Archie Shepp


Lleva medio siglo en el candelabro. Y lo que le queda. A sus buenos 67 años, George Benson parece conservado en formol. Un figurín con aspecto de playboy  de otros tiempos. Tampoco su música ha cambiado gran cosa. 24 años después de su anterior actuación en San Sebastián, todo sigue igual: justo lo que sus fans esperaban de él.

Hace años que Benson abandonó la idea de convertirse en músico de jazz para abonarse al bastante más lucrativo negocio del crossover  y eso es algo que muchos, aún, no le perdonan. Escuchándole en su recital donostiarra a teatro lleno, uno no puede sino descubrirse ante quien es capaz de poner al auditorio en pie sin hacer nada que no se le haya escuchado en mil ocasiones con anterioridad. Cuenta con un público fiel, lo que explica que nadie pidiera a voces la devolución del importe de la entrada, tras la insufrible primera parte dedicada a las canciones de su nuevo disco de baladas. Un verdadero tormento.

Menos mal que quedaba la segunda, con su correspondiente ración de saludable funky y rhythm and blues. Y el bis. Fue sonar los primeros compases de On Broadway y aquello, literalmente, se vino abajo. Pocas veces se ha visto un público tan entregado a un artista, y viceversa. Como si la edad no fuera con él, el veterano instrumentista movió la pelvis con gracia y donaire, estrechó la mano de quienes se arrimaron al escenario a tal efecto, incluso posó para los incontables teléfonos móviles y cámaras fotográficas.

Lo de la noche fue otra cosa. La última noche de jazz al aire libre en la plaza de la Trinidad se saldó con un primer recital a cargo de los neoyorquinos Claudia Quintet, ejemplo pintiparado de la ola de modernidad bladinblú que nos invade, y el ansiado regreso a la capital vasca del saxofonista, cantante, poeta, escritor y activista Archie Shepp con su cuarteto y la cantante Mina Agossi a modo de invitada especial. Setenta y tres años el primero; 38 la segunda. Pero el jazz no conoce de diferencias de edad. No puede decirse que el de Shepp fuera el mejor concierto de jazz al que hemos asistido nunca. Tampoco el peor. El septuagenario ex enfant terrible del jazz lleva varias décadas reinterpretando la tradición del género a su estilo pintoresco y atropellado. Como Benson, su mensaje apenas ha cambiado en las varias décadas que lleva residiendo en París. En su recital donostiarra, comenzó recordando al muy olvidado pianista Elmo Hope, siguió por Duke Ellington -Don’t get around much anymore- y derivó en la inevitable Mama Rose, rebautizada por su autor como Revolution. A la Agossi se la vio poco. Apenas cuatro o cinco interpretaciones de temas de Monk, no lo más conocidos, que acaso no cuadraban a las facultades de la cantante, demasiado contenida en su papel de “diva” al antiguo uso. Luego vino el blues y ahí, sí, todo fue felicidad, alegría y vasos de cerveza volando por encima de las cabezas de los espectadores. Encima no llovió, que ya era hora…

CHEMA GARCÍA MARTÍNEZ
Fuente: El País

Diana Krall alterna en Madrid momentos cálidos con su hierática lectura de la ‘bossa nova’

Para empezar, un guiño a la familia: justo antes de que Diana Krall tenga a bien comparecer, suena como música de ambiente Complicated shadows, de su señor esposo. No estamos muy habituados a los gestos de complicidad por parte de la mujer de Elvis Costello, pero no será el único de la noche. Eso sí, todos a partir de las 22.45, con un retraso que bordeaba ya lo antipático. Se supone que no debemos enfurruñarnos por lo que en cualquier otro lugar del planeta considerarían una falta de respeto, así que la Krall avanza con gesto adusto hacia el piano y elude cualquier disculpa. Eso sí, introduce el nombre de Madrid en la letra de su primer tema. Mira tú qué maja.

Teníamos en la memoria a la Krall más hierática del otoño pasado, con un concierto en el Palacio de Congresos que la cantante y pianista canadiense despachó como quien estampa sellos en los formularios del registro municipal. Anoche, sin embargo, hizo un esfuerzo por acercarse a esos 2.800 espectadores que siguen rindiéndole devoción. “Visteis a mi marido hace poco. Es bastante bueno, ¿verdad?”, anotó antes de dedicarle una sentida versión de I’ve grown accustomed to her face, “una canción que me recuerda cómo nos queremos”. Ya entrados en interioridades, en un tono casi confesional que no le conocíamos, relató lo bien que se lo pasan sus gemelos ?unos angelitos de tres años y medio que le han arruinado los ciclos del sueño? cuando corretean por las calles madrileñas y descubren la laxitud de los horarios peninsulares.

Hay en la figura de Diana Krall argumentos suficientes para la división de opiniones. Canta bien, es una instrumentista aceptable, presume de buena presencia y ayer ni siquiera exteriorizó demasiado el fastidio por ese vientecito bastante puñetero que le sacudía las partituras y acababa bisbiseando por el micrófono. Sin embargo, sus conciertos suelen incluir pasajes que conducen a la abulia, a la rutina menos seductora. Son esos momentos en que los standards se encadenan con un aire funcionarial y Diana parece mirarnos con compasión: solo somos unos pobres pordioseros que no tenemos ni un triste Rolex que llevarnos a la muñeca.

Anoche también los hubo, aunque en una proporción más llevadera. Sobre todo cuando le tocó repasar Quiet nights, ese disco donde ejerce de cantante ligera afanada en rubricar la millonésima versión de los clásicos de la bossa nova. Pero antes habían sucedido cosas mucho más interesantes, como una lectura de Clap hands, de Tom Waits, o de Frim fram sauce, una divertida pieza de Nat King Cole sobre preferencias gastronómicas en la que el contrabajista, Robert Hurst, se marcó un solo para chuparse los dedos.

Nada tan nutritivo como Let’s face the music and dance, el clásico de Irving Berlin donde Krall saca todo el provecho a una voz tan granulada como una tormenta de arena. Lástima que no se prodigue más y que ventile sus recitales en 75 minutos escasos.


FERNANDO NEIRA
Fuente: El País

Los organizadores utilizarán las redes sociales para desvelar con muy poca antelación actuaciones por toda la ciudad

Es un invento, pero puede salirles bien. El director del Heineken Jazzaldia, Miguel Martín, se ha sacado de la manga una novedad para esta 45ª edición y que ha llamado conciertos secretos. “Nos hemos propuesto ponernos a prueba a nosotros mismos, nuestra capacidad de convocatoria y nuestra implantación en las redes. “La idea es que dentro del Jazzaldia de este año van a tener lugar varios conciertos que no están anunciados, ni lo estarán, hasta las doce de la noche anterior a su celebración. Por ejemplo, imaginaos que uno de los conciertos secretos tiene lugar, digamos, en el Club del Victoria Eugenia el 21 de Julio a las 11 de la noche; a medianoche del 20 (o a las 00:00 del 21, si preferís) colgaremos la noticia en nuestro muro de facebook (no en el que edita el Diario Vasco con nuestro nombre: no os despistéis). Diremos quien actúa, donde, a que hora y si es gratis o “a pagament”. También por twitter, claro”, asegura Martín en su Blog.

Pero también matiza “De todas maneras, iremos dando pistas, adelantaremos en algún momento algún nombre…o alguna localización…ya veremos. Lo que sí os agradeceremos, ahora que nos lanzamos a ello, es que nos ayudéis, que en vuestros facebooks y twitters difundáis la idea y los anuncios de los conciertos. Para nosotros es importante y no queremos fallar por responsabilidad ante vosotros, que nos seguís, y, muy importante, ante los músicos que se han prestado a ello”.

MANUEL CUÉLLAR – Madrid – 26/06/2010

Fuente: El País

En su tercera visita al Palau de la Música, Grigory Sokolov demuestra su enorme dominio del piano


Es difícil que escuchemos alguna vez mejor tocado el Andantino de Clara Wieck, esas maravillosas variaciones que Schumann concibió para la sonata núm. 3. Interpretándolas, Grigory Sokolov consiguió tal grado de tensión que casi producía dolor en el oyente. Cada variación abría un mundo distinto y, a la vez, secretamente conectado con el que revelaban las demás. La imagen, casi corporal, de Clara Schumann, y de todo su contexto, cronológicamente tan lejano a nosotros, se abría paso en el año 2010. La música se movía, por arte o por milagro, como una flecha que iba directamente desde el compositor al público. Una flecha que necesitaba, por supuesto, un arquero. Un pianista, Sokolov en este caso.

El dominio que tiene del instrumento es enorme, aunque quizá su mayor virtud radique en esa inefable capacidad para la transmisión de la música, para que el oyente perciba el latido más íntimo del compositor. Es famoso, pero no todo lo que debiera. No ensaya poses ni cuenta su vida privada. Solamente toca el piano. Como pocos. Sin embargo, no es eso lo que más vende. Esta vez, las entradas no se habían agotado.

La sonata núm. 3 de Schumann se situó en el cenit de la que, sin duda, ha sido la sesión más interesante y más conmovedora de la temporada. Una sesión donde se abordó también la Partita núm. 2 de Bach y la Fantasía op.116 de Brahms. El pianista ruso no sólo resolvió los problemas técnicos, difíciles en todas ellas, sino que lució otras muchas cosas: esa mano izquierda tan acariciadora como penetrante en Bach, esos fieros acordes que inician el op. 116, ese fraseo libre donde se desvanecen las barras de compás (Intermezzi de Brahms)…

Después, cuando casi no se podía ya resistir el embate de tanta sabiduría y tanta belleza, regaló al público no una ni dos, sino seis propinas de Chopin. Es esta la tercera vez que Sokolov viene al Palau (antes, en 2002 y 2006), y en todas sus visitas ha contribuido a que el término “intérprete” recupere la más noble y profunda significación.

ROSA SOLÀ

Fuente: El País

Sonido bello y transparente, equilibrio entre refinamiento orquestal e inspiración popular y una vitalidad contagiosa. La flamante integral de las 12 sinfonías londinenses de Franz Joseph Haydn que Marc Minkowski (París, 1962) firma al frente de Les Musiciens du Louvre-Grenoble (editadas por Naïve) es una fuente de sorpresas, un nuevo ejemplo del estilo vital, fresco e imaginativo que caracteriza las interpretaciones del infatigable director francés. La curiosidad musical de Minkowski no conoce límites. Cuando no dirige su propio conjunto, Les Musiciens du Louvre-Grenoble, uno de los conjuntos de referencia en la interpretación del barroco y el clasicismo con instrumentos de época y criterios históricos, explora repertorios más modernos como director invitado. Actualmente mantiene una estrecha relación con la Sinfonía Varsovia y actúa cada vez más a menudo con orquestas sinfónicas. Sin ir más lejos, ha dirigido este mes en Valladolid la Sinfónica de Castilla y León -con obras de Paul Dukas, Ernest Bloch y la popular Scheherazade de Nicolai Rimski-Korsakov en los atriles- y el próximo 14 de mayo se pone al frente de la Sinfónica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) con otro seductor programa integrado por la célebre Sinfonía número 3, Escocesa, de Felix Mendelssohn y la Sinfonía número 0, Nullte,  de Anton Bruckner. Lo dicho, un músico imaginativo e inquieto que huye de las etiquetas y planifica su carrera con saludable amplitud de miras.

¿Qué aporta Minkowski a las sinfonías de madurez de Haydn? Pues, a pesar de la fuerte competencia discográfica, con versiones para todos los gustos a cargo de las más célebres batutas, aporta un soplo de aire fresco. Lejos de fiarlo todo a la tradición, destaca siempre los rasgos más originales y novedosos de su escritura. Haydn y Mozart son los cimientos más sólidos para construir un sonido orquestal de máxima calidad y su música es la mejor medicina para curar los excesos románticos: nada mejor que una saludable inmersión en el clasicismo vienés y sus probadas virtudes -equilibrio, elegancia y transparencia sonora- para obtener un sonido orquestal de gran pureza. Lo sabe bien Minkowski, que sigue el ejemplo de músicos también formados en el barroco, como Christopher Hogwood o Frans Brüggen, a la hora de rescatar las esencias de Haydn.

No inventó la sinfonía, pero su aportación al desarrollo y primer esplendor del género es de tal calibre que se le considera, con justicia, el padre de la sinfonía: a lo largo de su apacible vida escribió 104 sinfonías, en un itinerario que abarca desde 1759 hasta sus últimos años. De hecho, el legado del familiarmente llamado Papá Haydn es la mejor enciclopedia del clasicismo vienés que pueda consultarse.

A diferencia de Mozart, apenas viajó -pasó su vida entre la corte de Esterházy y Viena-, pero ejerció una influencia decisiva en la transformación de la música centroeuropea de la segunda mitad del XVIII y acabó sus días siendo el compositor más respetado de Europa. Y en su inmenso legado, la serie de sus últimas doce sinfonías (números 93-104), creadas por encargo del violinista y empresario Johann Peter Salomon para ser estrenadas en Londres, donde cosechó grandes éxitos al final de su vida, son probablemente la cumbre de su arte sinfónico y en ellas se palpa la voluntad, plenamente conseguida, de seducir a los músicos y conquistar al público con un lenguaje lleno de innovaciones y sorpresas. Minkowski consigue una fluidez extrema y un sentido narrativo fuera de serie. Cada nueva sinfonía supone un avance y Minkowski disfruta otorgando su justo relieve a cada detalle instrumental, sorprendiendo al oyente con explosivos contrastes. Sabe dar el aire natural que requieren las danzas de inspiración popular que Haydn incorpora como nadie al lenguaje sinfónico y disfruta recreando las virtudes de una orquestación de milagrosa transparencia. Nunca baja la guardia y los músicos de su orquesta traducen sus lecturas con precisión, flexibilidad y belleza sonora.

JAVIER PÉREZ SENZ

Fuente: El País

A Rufus no hay quien le tosa

El cantante dio un recital desnudo con un repertorio difícil y poético


Él nunca había escuchado a este estadounidense histriónico y en ocasiones afectado. Hace un par de semanas Francisco, 35 años y madrileño, entró en la página web de EL PAÍS y se encontró con tres canciones de ese tal Rufus “de apellido impronunciable”. Eran tres declaraciones de principios escupidas acompañadas tan sólo con un piano por el músico. El poder de Internet. Allí se dio el atracón: Want one, Want two, Milwaukee at last!!!, Rufus Wainwright… Tuvo claro que quería ver el concierto de anoche en el Circo Price de Madrid. Una elección difícil, pero intensa.

Anoche Rufus Wainwright (Nueva York, 1973) se presentó de una forma muy distinta a la que acostumbra. El músico al que la crítica ha tachado de adorador de aplausos, de tener un ego más grande que Manhattan comenzó su show con algo que podríamos denominar un desnudo integral: se despachó enterito su último disco All days are nights: songs for Lulu. Su sexto trabajo. Una colección de poemas difícil, triste, plagada de atonalidades, bemoles y sostenidos y en la que, además, Rufus le da un repaso más que crítico a su propia vida. Y así salió al escenario. Vestía un traje de noche con cuello de plumas, una especie de camisón con una cola que llegaba desde la banqueta de su piano hasta las profundidades del mutis por el foro, maquillado; alguno podría pensar que se había disfrazado para acudir a un burdel.

Pidió que no se aplaudiera entre canción y canción de ese trabajo en el que no hay ni escenografías ni orquestas ni adornos a los que tiene acostumbrado a su público. Sólo unas proyecciones de las miradas que Rufus le hurtó a su público mientras se desnudaba. Unos versos visuales firmados por Douglas Gordon. Y lo cierto es que durante toda la primera parte del recital casi no se escuchó ni una tos, pese al invierno infinito que se ha apoderado de Madrid. Él estaba allí arriba, solo, con sus miserias, sus miedos, con esa voz maravillosa y, casi aporreando un piano de gran cola Steinway and sons que dice no saber tocar muy bien. “Creo que la expresión más intensa y poderosa en la música occidental es esta. Un músico solo con su piano o su guitarra. Un instrumento y la voz. En este momento este formato me permite realizar una especie de sacrificio de esa otra zona de mí mismo”. Así lo hizo anoche. Francisco, el neófito, se dio cuenta, aunque parte del público lo calificó como “una brasa importante”. Pero estuvo enorme. Artista y sincero. Revanchista. Dándole un repaso a sus propias experiencias. A su hermana Martha, a la que dedica un tema en su último disco, muy influenciado por la reciente muerte de su madre.

Terminó el desnudo integral y llegó el Rufus gracioso, el que suelta anécdotas para aburrir: “Estamos en un circo y me siento como un león. Y después de esta primera parte, como un león que podría morder”. Lo hizo. Chiste tras chiste.

Dos horas de sus éxitos… Aunque sin concesiones: la mayoría caras b, pero incontestables. Leaving for Paris y I´m going to a town especialmente nuevas.

Francisco vio una actuación de las que hacen época. Sensible y milimetrada. Tanto que el propio Rufus no tiene ningún empacho en asegurar que las giras de él solito con el piano le permiten llevarse toda la pasta. No es de extrañar después del estrepitoso fracaso que sufrió con su primera ópera Prima Donna de la que dijo estar deseando que llegara a España. Los que la han visto no se han cortado en darle el mayor palo de su carrera. El mayor palo a un chico genial y barroco que enamoraría a cualquiera y que anoche descubrió que su otra cara, la solitaria y minimalista (hubo hasta ecos de Philip Glass), es la más tentadora. Enhorabuena.

MANUEL CUÉLLAR
Fuente: El País