El Rototom consolida Benicàssim como referencia del turismo musical

El nombre de Benicàssim resulta familiar ya en Madrid, Cuenca, Sevilla o Bilbao, pero también en Italia, Reino Unido, Jamaica y los otros sesenta países del mundo en los que se han vendido entradas para asistir al mayor encuentro reggae de Europa, el Rototom Sunsplash, que cerró ayer sus puertas en la localidad costera. Benicàssim ha tomado este año el relevo -y parece que definitivo- a la que durante 16 ediciones había sido la sede del festival, la localidad italiana Osoppo. Y consolida una decidida apuesta por la celebración de festivales musicales que extiende el nombre de Benicàssim por todo el mundo.

La localidad costera vecina a Castellón ya ha albergado siete festivales en 2010. Siete eventos, prácticamente todos ellos musicales, que se han convertido en una de sus “ventajas competitivas”, señala el alcalde, el socialista Francesc Colomer.

Benicàssim ha transformado la oferta musical, embutida en formato festivalero, en un elemento clave para su dinamización económica. Así lo percibe el primer edil: “La música nos proporciona una seña de identidad, una característica diferenciadora respecto de otros destinos turísticos”.

Durante esta última legislatura, a las citas ya consolidadas, como el Certamen Internacional de Guitarra Francesc Tàrrega (44 ediciones); el Festival de Habaneras (25 ediciones); el FIB (15 ediciones); el Festival de Música Sacra o el Festival de Teatro de Buen Humor (17 años); Benicàssim ha dado cabida en su agenda a otras dos: el Festival Lírico Ópera Benicàssim, que suma ya tres ediciones y que tiene por objetivo popularizar un género calificado por muchos de elitista; y el Rototom Sunsplash, el festival reggae por excelencia.

“Que en época de crisis hayamos puesto en marcha dos nuevos festivales es el mejor mensaje que Benicàssim puede lanzar a los mercados turísticos internacionales, ya que en lugar de acurrucarnos hemos respondido con más oferta turística”, apunta Colomer.Los festivales generan dinero. Hace dos años, el FIB, uno de los mejores en cuanto a asistencia, dejó un impacto económico en el municipio cercano a los 14 millones de euros. Y dan proyección internacional: “Estos festivales, sobre todo el FIB y el Rototom, nos han ubicado en el mapamundi, nos han globalizado”, sostiene el alcalde, Francesc Colomer.

El recién concluido Rototom Sunsplash, el último en sumarse a esta vorágine festivalera, ha supuesto el paso de casi 20.000 personas diarias por un recinto de 200.000 metros cuadrados y por las calles y playas del municipio, según la organización. Todo un “revulsivo” a final de agosto, cuando otros años empezaba a vislumbrarse cierto declive del movimiento turístico.

Un total de 20.000 personas diarias en el Rototom o 130.000 asistentes totales a la última edición del FIB son cifras esperanzadoras para el tejido hotelero y empresarial local que hay que cuidar. Y el Ayuntamiento es consciente de ello. De hecho, la inversión municipal anual para respaldar y poner en marcha este tipo de eventos musicales y culturales roza el millón de euros, en concepto de seguridad, acondicionamiento de recintos, limpieza, indica Colomer. “Entendemos la cultura como una inversión en producto turístico, en identidad, es una estrategia productiva al servicio de nuestro turismo”, resume.

Pero la carrera de fondo para seguir consolidando Benicàssim como ciudad de festivales no acabará en el Rototom. “No nos vamos a detener aquí, no descartamos crear nuevos festivales”, indica Colomer. Eso sí, despacio y con buena letra. “Habría que espaciarlos más”, sumar nuevas citas “fuera de la temporada álgida” y, sobre todo, seguir la tendencia marcada hasta la fecha. Y apostar por festivales que conviertan a Benicàssim en referente “por su calidad y excelencia”.

“No tenemos ningún evento mediocre, porque todos son punteros en sus respectivos campos”, ratifica Colomer.

Fuente: El Pais

Matt Bellamy, el nuevo mesías

Muse y el islandés Jónsi maravillan en el concierto central del Xacobeo

¿Cómo reconducir de la atonía a la euforia a una multitud de 25.000 almas en poco más de ocho minutos? Matthew Bellamy, el cantante, guitarrista y sumo sacerdote de Muse, dispone de la solución. Suminístrense de forma encadenada un par de pepinazos como Uprising y Supermassive black hole  y ya verán cómo ni el más pusilánime del lugar resiste con el culo pegado al graderío. Ni crisis, ni el final del verano, ni un mal dolor de muelas, ni farrapos de gaita: estos chicos británicos se confirmaron en la madrugada del sábado compostelano como los más eficaces (e implacables) agitadores de masas que han pisado suelo peninsular desde que Bono y su cuadrilla irlandesa se doctoraran, 23 años atrás, en el Santiago Bernabéu.

Había muchísima expectación en el Monte do Gozo por ver de qué era capaz el trío de Devon (al teclista que les respalda en directo no le conceden ni un triste foco) en el Xacobeo 10, la principal cita musical del año santo. Y sí, los hechos parecen indicar que Bellamy es casi infalible. Aunque no dirige la palabra al público en toda la noche, enardece al personal como un perfecto embaucador. Al tipo le encanta haberse conocido, claro, pero esa es una condición indispensable para mantener en vilo a la muchedumbre.

Hubo en la velada santiaguesa un momento que lo resume todo. Muse le hincó el diente a la bombástica United states of Eurasia, su particular actualización de Bohemian rhapsody, y el auditorio al completo alzó los puños al cielo como cuando había que hacer añicos el muro de Pink Floyd. Ahí radica el mérito de estos treintañeros seriotes y lacónicos: todas sus referencias estilísticas son de acreditada eficacia para la excitación colectiva. Sumen la afectación de Queen, el rugido rocoso de Led Zeppelin, la sofisticación electrónica de Depeche Mode, la doctrinilla populista de U2 y el ramalazo cultureta de Radiohead: el resultado es Matthew Bellamy, el nuevo mesías de los estadios.

Las camisetas de Muse, a 25 euros la pieza, se han convertido en la pieza más codiciada del merchandising moderno. Pero como en todo culto, siempre surgen disidentes. Es el caso de Jónsi Birgisson, el cantante de Sigur Rós, que un par de horas antes de subir a escena se confesaba algo estupefacto con el predicamento que han alcanzado los ingleses. “A mí me parecen mucho más molones y divertidos los Pet Shop Boys, la verdad”, admitía. Jónsi se basó en su primer disco en solitario, Go, para ofrecer un concierto bellísimo a todo el que quiso escucharlo. Para quienes solo buscaban alborozo guitarrero, el universo de este peculiarísimo chamán islandés, aparentemente nacido en algún bosquecillo encantado, resultó una perfecta marcianada.

Nadie en el mundo canta como Jónsi, emitiendo esos sobrecogedores maullidos de gato escaldado. “¿Un gato? Un amigo dice que más bien parezco una ballena atormentada”, corrige él con sonrisa guasona. En escena luce sombrero plumífero y una camisa con hebras de colores, como un perfecto hechicero cósmico. Su novio, el diminuto Alex Somers, juguetea mientras tanto con unos pianitos minimalistas, promueve una maravillosa tormenta de vibráfonos y luce traje rojo de duende. El batería, tocado con una diadema negra en forma de corona principesca, corrobora la sensación de que nos hemos colado en una primorosa orgía tribal.

Pocas fuerzas quedaron ya para Pet Shop Boys, programados demasiado tarde y con el público en desbandada. Neil Tennant es un perfecto gentleman irónico y una máquina escupiendo éxitos de pop bailable y elegante, pero las fuerzas escaseaban tras tanto derroche de adrenalina.

A ello contribuyó que algún genio de la organización decidió prohibir las bolsas de comida, acaso temiendo que las rodajas de salchichón o las matutano atentaran contra el orden público. Contemplar en la entrada esas enormes montañas de fruta y bocatas condenados a la basura constituía un bochorno de difícil encaje en el contexto jubilar. El rock no siempre resulta pecaminoso; tirar comida, sin duda, sí.

FERNANDO NEIRA – Santiago de Compostela – 29/08/2010
Fuente: El Pais

El concierto de U2 en Moscú termina en escándalo político

El té que Bono tomó con Medvédev no impide que la policía expulse de primer recital del grupo en Rusia a los activistas de los derechos humanos

El primer y único concierto que el grupo U2 de Bono dio anoche en la capital rusa, se vio ensombrecido por la actuación de la policía, que expulsó del estadio olímpico de Luzhnikí, donde transcurría el espectáculo, a miembros de Amnistía Internacional, Greenpeace e incluso de la fundación ONE contra la difusión del sida.

Bono se había encontrado la víspera del concierto con el presidente ruso Dmitri Medvédev, en Sochi, a orillas del mar Negro, habían tomado té  y conversado sobre música y sobre temas humanitarios como la lucha con el sida y la malaria, el hambre en África o los problemas ecológicos.

Pero la simpatía que mostró Medvédev por Bono no salvó al concierto que éste dio en Moscú del escándalo político. La policía obligó a desmantelar las tiendas que habían levantado organizaciones de derechos humanos e incluso detuvo a cinco activistas de Amnistía Internacional por organizar lo que ésta calificó de “mitin ilegal”, según denunció Serguéi Nikitin, jefe de la filial moscovita de dicha oenegé.

Las fuerzas del orden público rusas son conocidas por su alergia hacia todo lo que tenga relación con los derechos humanos y de ahí que no pudieran permitir que los activistas levantaran pancartas en favor del respeto a esos derechos. “Nos lo prohibieron todo, incluso nos exigieron que nos quitáramos nuestras camisetas de Amnistía Internacional”, dijo Nikitin.

El concierto de U2, a pesar de todo, fue un gran éxito, aunque las televisiones rusas han tratado de dar un cuadro diferente en sus reportajes, centrándose en los atascos causados por los fans y minimizando el número de asistentes. Así, el primer canal de televisión rusa seguía diciendo esta mañana que habían sido mucho menos de lo esperado, unos 35.000, aunque incluso el portavoz de la policía, Víctor Birukov, tuvo que reconocer que en el estado había cerca de 75.000 personas.

Por supuesto, ninguno de los canales controlados por el Estado dio imágenes de Bono cantando con Yuri Shevchuk , el rockero ruso opositor, que plantó cara al primer ministro Vladímir Putin en mayo pasado. Bono invitó a Shevchuk a cantar con él la célebre Knockin’ on Heaven’s Door de Bob Dylan.

El mismo Bono, que aparentemente ignoraba anoche la actuación de la policía, agradeció a Medvédev durante el concierto por el encuentro en Sochi, al tiempo que alabó a Shevchuk, líder del popular grupo DDT, y mostró su admiración por Mijaíl Gorbachov, el último presidente de la hoy desaparecida Unión Soviética. “Es mi gran héroe”, confesó Bono, agregando que Gorbachov había comenzado “una nueva página en el libro de la historia”.

La fuerte lluvia que se desató durante el concierto no logró enfriar a los fans -habían tenido que esperar dos décadas para ver a U2 en Rusia-, que aplaudió a rabiar al legendario músico irlandés. Bono, por su parte, aprovechó para improvisar unos versos sobre el agua que caía. El concierto en Luzhnikí forma parte de la gira mundial 360 grados que realiza U2 para promocionar su álbun No Line on the Horizon. En septiembre los irlandeses llegarán a San Sebastián y Sevilla.

Fuente: El Pais

Lucerna se rinde a la eterna juventud de Pierre Boulez

El director, de 85 años, se desdobla en el festival en pedagogo y en intérprete de la composición de nuestro tiempo

La primera imagen que viene a la memoria cuando se habla del Festival de Lucerna es el imponente desfile, año tras año, de grandes orquestas y directores. Claudio Abbado es su emblema con la orquesta del Festival compuesta a su imagen y semejanza, pero por el auditorio diseñado por Jean Nouvel comparecen este año también las Filarmónicas de Berlín y Viena, la Concertgebouw de Ámsterdam, las orquestas estadounidenses de Cleveland y San Francisco, la Philharmonia de Londres, la del teatro Bolshoi de Moscú, la Mahler Chamber y un largo etcétera, con directores de la talla de Simon Rattle, Mariss Jansons, Riccardo Chailly, Esa-Pekka Salonen, Nikolaus Harnoncourt, o Gustavo Dudamel.

La cara complementaria a este espectacular despliegue es la atención que se dedica a la música de nuestro tiempo. Hasta 27 estrenos mundiales tienen lugar este año. La estrella de todo este movimiento de compromiso con la música actual es la Academia del Festival de Lucerna y el gran gurú es el francés Pierre Boulez que, a sus 85 años, muestra unas actitudes vitales de compromiso con la transmisión de su experiencia verdaderamente conmovedoras. En el proceso de formación a instrumentistas -menores de 28 años- está acompañado por varios destacados músicos del Ensemble Intercontemporain de París; en las clases magistrales a directores de orquesta -menores de 30 años- supervisa hasta el más mínimo detalle. Este año se ha centrado en obras de Stravinski, Carter y la Segunda Escuela de Viena, además de Mahler o el compositor suizo Dieter Ammann (Aarau, 1962) que es el “compositor en residencia” del Festival de 2010. El primer concierto público este año con la orquesta de la Academia tuvo lugar el pasado miércoles y fue sencillamente espeluznante.

Las dos partes del concierto comenzaron con obras de Antón Webern, en las que Boulez es un consumado especialista. Turn fue un estreno mundial de Ammann, que completa la trilogía orquestal formada por Boost y Core. El compositor suizo ha coqueteado en algún momento de su trayectoria con la improvisación y el jazz. Es algo que se nota en su lenguaje físico y directo. Alumno en su día de Rihm y Lutoslavski, potencia los aspectos comunicativos. Sus obras orquestales poseen frescura, imaginación rítmica y cierto desparpajo que las hace muy atractivas. Obtuvo un enorme éxito. Para finalizar este primer concierto, Boulez realizó una lectura primorosa del Poema del éxtasis, de Scriabin, tan llena de ruido y de furia como de refinamiento perverso. En la orquesta de la Academia, con músicos de todo el mundo y en especial de Estados Unidos y de Oriente, la solista de oboe es la española María Alba Carmona. El próximo concierto incluido en la serie de grandes orquestas, además de una obra suya, dirigirá con sus jóvenes la Sexta, de Mahler.

La música contemporánea reina con 14 conciertos de postín, instalaciones, maratones de música suiza o estrenos de obras premiadas aquí por la Comisión Roche como Woven dreams, de Toshio Hosokawa.

Pero hay más. Hasta el domingo 29, y por quinto año consecutivo, hay un festival de música popular en las calles con grupos de África, República Checa, Italia, Suiza, Madagascar, España o mixtos, que gratuitamente difunden sus músicas. No alcanza el nivel de las otras áreas del Festival pero supone un contrapunto festivo. Destacó el trío Tiharea de Madagascar. En cuanto al grupo flamenco Malasangre más vale que corramos un tupido velo.

Fuente: El Pais

El cantante cierra su cuenta en ‘Twitter’ y define la red social como “coro de subnormales generadores de concepto Light”

Andrés Calamaro ha cerrado su cuenta de Twitter  , y no se ha contenido a la hora de anunciarlo. El enfado del compositor argentino es más que evidente: “140 caracteres [el espacio que deja escribir en cada mensaje la red social] pueden metérselos profundo en el medio del ojete me importa tres pepinos perder un segundo mas en el rebaño de boludos con blackberry o lo que es peor …. conectados a la nada a cambio de demostrar que son infantiles”, son algunos de los versos que se pueden leer en su blog .

“Progresía aborregada, ideologías desaparecidas … extinguidas hace ya tiempo. Participar en un coro de subnormales generadores de concepto Light. Que asco de post modernismo (perdón si me río) …”, apunta otro fragmento del texto. Calamaro también escribe sobre su trabajo como músico: Para qué necesito recordar que vivimos rodeados de reaccionarios sin huevos, si lo sabemos de sobra, pudiendo celebrar mis treinta años en la aristocracia rockera, en la poesía de los margenes”.

EL cantante era bastante activo en la red. Desde su cuenta, ha defendido la tauromaquia y otros temas polémicos. Por el momento, parece que eso se ha acabado. “Cuando el coro de pichaflojas [sus seguidores en Twitter] llegó a cien mil (no voy a decir almas porque no se puede generalizar), algunos de los cuales fueron contertulios con sustancia (siempre hay un margen de un 2% que se salvan del naufragio de las vergüenzas), después de un gracioso coqueteo con un aparente cabinet (lobby) de abogados y publicistas lisérgicos, reclutados para gestionar la ahora ex cuenta, pues le puse punto final al feedback con el carnaval careta, los falsos profetas de la nada misma y la resaca de la fauna humana irrespetable, insolente y desinteresante… sigo con mi vida, que es suficiente”.

Fuente: El Pais

Estrella pop y explorador en África

Damon Albarn cita a 25 músicos de todo el mundo en A Coruña para homenajear la riqueza sonora del continente. Etiopía será la estrella.

Un príncipe de la kora, un rey del rock-räi, una banda nigeriana que sabe de jazz… los múltiples sones de África retarán en Galicia el sábado a la aristocracia europea (John Paul Jones o Mick Jones). Damon Albarn es el autor de Africa Express, alternativa al “frustrante concierto solidario”.Un viaje musical. Un espectáculo en el que nadie sabe qué sucederá. Una jam session multitudinaria y mestiza. Todas las definiciones se quedan cortas para Africa Express, iniciativa para descubrir al mundo los tesoros sonoros del continente africano. Su creador, Damon Albarn (Blur, Gorillaz), prefiere que las actuaciones den los argumentos. El artista británico reúne sobre un escenario a músicos de cualquier continente, notoriedad y pelaje. Y deja que las musas se encarguen del resto.

El intermitente e itinerante proyecto empezó a perfilarse en 2005. Desde entonces se han celebrado conciertos en Londres, París o Lagos con artistas como Flea de Red Hot Chili Peppers, Franz Ferdinand, Johnny Marr, los tuareg Tinariwen o Femi Kuti, hijo del icono del afrobeat Fela Kuti.

Albarn puso en marcha la iniciativa movido por la frustración que le provocaban eventos solidarios como Live Aid, en los que la presencia de artistas africanos es anecdótica. “Quieren ayudar a África sin involucrarse”, comenta el músico por teléfono, recién llegado de Siria, donde Gorillaz dio el primer concierto de música occidental permitido en ese país. “Me apetecía montar una plataforma para emocionarnos con la música de ese continente”.

Todavía se habla del concierto sorpresa que dio en el festival de Glastonbury (Reino Unido), en 2007, y que ya ha alcanzado categoría de histórico. Mientras la mayor parte del público veía al grupo rock The Killers en el escenario principal, otras 2.000 personas disfrutaron encandiladas y perplejas de cinco horas de Africa Express. El fin de fiesta llegó con una delirante versión colectiva del Rock the Casbah de The Clash, en la que retirar al punk-rocker argelino Rachid Taha de la escena resultó una hazaña hercúlea. “En Glastonbury se vivió una atmósfera especial. Pero desde entonces hemos tenido momentos parecidos en conciertos en Nigeria, Etiopía y Congo”.

La siguiente estación es Galicia. Taha estará allí, y también Femi Kuti. El 7 de agosto Albarn y más de veinte artistas, entre los que están Toumani Diabaté, John Paul Jones, Mick Jones, El Guincho, Amparo Sánchez o Eliades Ochoa, llegan a la playa de Santa Cristina de Oleiros (A Coruña) en la bautizada como A Festa dos Mundos, dentro de la programación del Xacobeo 2010, que también incluye conciertos de los colombianos Choc Quib Town, la cantautora china Sa Dingding o la gallega Uxía.

Antes de cada concierto, Albarn organiza una quedada en algún país africano. La primera vez fue en Malí, donde el británico comprendió que “los occidentales debemos dejarnos ayudar por África” y no al contrario: “Allí hay música verdaderamente futurista. Me sorprendió su progresivo acercamiento a la falta de recursos”. La última ocasión fue el pasado febrero en Etiopía. “Cuenta con una gran tradición musical y en Galicia improvisaremos sobre ritmos etíopes”.

Estas ambiciones multiculturales tropiezan a menudo con complicaciones logísticas y financieras. Es evidente que nadie se hará rico con Africa Express. Los desplazamientos para los conciertos están pagados, pero todos los artistas reciben la misma cantidad simbólica por su trabajo, mucho menor que sus honorarios normales. En algunos casos, Albarn ha pedido a artistas de éxito que se costeen el viaje hasta África. A pesar de los obstáculos, el ex Blur se niega a convertir el concepto en una organización caritativa: “Quiero que se mantenga como un ideal humanista musical”.

Albarn es un bravo explorador de territorios musicales. Fue un pionero del brit pop, compuso una ópera china (Monkey) y creó un grupo musical capitaneado por dibujos animados (Gorillaz). Sin embargo, para él este es un proyecto muy diferente. Acostumbrado a llevar la batuta, ahora se limita a ejercer de catalizador. “He aprendido a confiar en otros músicos y a establecer un diálogo”, confiesa.

El legendario percusionista nigeriano Tony Allen, un habitual del proyecto, describe el rol de Albarn en Africa Express como el de un capitán de barco. ¿No cumple con su fama de mandón? “Damon es mi amigo y tiene su carácter”, contesta entre risas. “A veces puede dar su opinión, pero siempre escucha. Nunca dice cómo se debe tocar, su trabajo es programar y escoger a los músicos. Pero si se vuelven muy escandalosos, pone orden”. El percusionista no duda en a otorgar a esos conciertos propiedades místicas: “Te abrirá los ojos. Si te cruzas con Africa Express, te iluminará”. Amadou, músico de Malí, corrobora las virtudes: “Es bueno para nosotros. Los artistas africanos jóvenes se dan a conocer”.

Albarn, impaciente por terminar la conversación y marcharse a compartir con su hija el primer día de vacaciones, no adelanta más detalles sobre el concierto de A Coruña: “Todo es muy suelto, improvisado. Cuando hemos intentando organizarlo más, la experiencia se ha perdido. Sabemos los ingredientes, pero no podemos predecir cómo se desenvolverá. Algunas veces metemos la pata, pero eso es bueno. Es experimental en todo el sentido de la palabra. Ahí radica su magia”.

BRENDA OTERO – Londres – 05/08/2010

Fuente: El País

Bayreuth se pone las pilas

El polémico ‘Lohengrin’ de Hans Neuenfels y un ‘Tannhäuser’ para niños abren la nueva etapa del festival wagneriano bajo el mando de las bisnietas del compositor

Se acabaron de una vez por todas las especulaciones. Las hijas del fallecido Wolfgang Wagner han sabido esperar, desde su nombramiento como máximas responsables del Festival de Bayreuth, antes de presentar sus primeras credenciales artísticas. El verano pasado no hubo ninguna producción nueva. Anteayer, 25 de julio, día de la inauguración de la 99ª edición del festival, mostraron sus primeras cartas.

De entrada habían invitado a debutar en la verde colina a uno de los directores de escena más transgresores de Alemania, Hans Neuenfels (Krefeld, 1941), para hacerse cargo nada menos que del intocable Lohengrin. En contraste, el jovencísimo Andris Nelson (Riga, 1978) se hacía cargo de la dirección musical. Era una doble apuesta valiente, por mucho que se tuviese en la chistera al tenor de moda, Jonas Kaufmann, una especie de Plácido Domingo a la alemana, para hacerse cargo del personaje que da título a la obra.

Las hermanastras -hijas del mismo padre y de diferentes madres- no se han conformado con este reto. Han planteado por primera vez una doble inauguración del festival a través de un proyecto para niños, en una sala de ensayos habilitada para la ocasión, con un Tannhäuser reducido a 70 minutos que hizo las delicias del público infantil que abarrotaba el recinto. Hasta 10 funciones están anunciadas hasta que tome el relevo en el mismo espacio un simposio internacional en colaboración con la Universidad Libre de Berlín que responde al enunciado ¿Cuándo vendrá el próximo cisne? Milagro entre estrategia y emergencia. Y además proyecciones al aire libre de algún título… En fin, Bayreuth ha cambiado de estilo.

La representación de Lohengrin fue de esas que podemos llamar de alta temperatura. Neuenfels ya había calentado motores horas antes, en una multitudinaria conferencia de prensa, con un despliegue de imaginativas ideas y corrosivo sentido del humor. La división de opiniones, que empezó ya en el primer acto y duró más de un cuarto de hora al final, fue de las que hacen época. Dominaron los abucheos sobre las aclamaciones, pero unas y otras fueron a pleno pulmón.

Neuenfels es un hombre de teatro muy experimentado y cuenta con un equipo de primera línea del que son parte fundamental el escenógrafo y figurinista Reinhard von der Thannen y el dramaturgo Henry Arnold. Las imágenes plásticas con las que cuenta la ópera son muy impactantes y el sentido teatral, impecable. Vaya por delante este reconocimiento a la profesionalidad teatral. El primer paso de Neuenfels y los suyos consiste en transformar la leyenda en un cuento lleno de alegorías y salpicado con un sentido del humor muy incisivo. La evolución de la especie humana está presente en los juegos narrativos y así el coro puede ser, en momentos, de ratas, bien como una ironía burlona en el tratamiento de la boda, bien como un reflejo del miedo y la inseguridad al que responden muchos colectivos de nuestro tiempo. Nada en cualquier caso es gratuito. La componente analítica deriva en una terapia.

Las utopías se muestran irrealizables pero hay al menos un mensaje de esperanza en la ópera que el propio Wagner consideraba la más triste de las suyas. Es un montaje que desde su apariencia a veces kitsch invita a pensar sobre la condición humana y sus enigmas. No es un cuento de hadas, desde luego, pero sí es un cuento ideológico o, si se prefiere, filosófico. Muy alemán, con una componente fantástica muy original y con un casi inverosímil sentido del humor.

El triunfador de la noche fue el tenor Jonas Kaufmann. Su actuación fue de principio a fin soberbia, con un fraseo admirable y un fabuloso dominio de las medias voces. Extraordinario asimismo Georg Zeppenfeld como el Rey, correcta Annette Dasch como Elsa y un poco justa de expresión dramática Evelyn Herlitzius como Ortrud. Magnífico el trabajo al frente de la orquesta de Andris Nelson, un director que está lanzado. Las enseñanzas de Mariss Jansons y su trabajo al frente de la Ópera de Letonia y de la orquesta de Birmingham han dado sus frutos. Una vez más estuvo sensacional el Coro de Bayreuth preparado por Eberhard Friedrich. En expresión, en matices y en línea de canto.

Capítulo aparte merece la ópera para niños, una idea de Katharina Wagner puesta en marcha gracias a una adaptación de Alexander Busche. Obviamente se adaptan las situaciones escénicas a las inquietudes de los más jóvenes pero todo ello con un gran respeto a la música original. Aunque se invita a los asistentes a la participación en alguna escena, los niños no se desmelenan en ningún momento y siguen con un interés casi religioso su particular Tannhäuser, con Elisabeth en bicicleta y Venus de punki con sus arañas que meten miedo. La dirección musical es de Hartmut Keil al frente de una orquesta de Fráncfort, y la escénica de Reyna Bruns.

Entre unas y otras cosas Bayreuth ha dado este año un paso adelante de considerable importancia. Dos últimos detalles. Uno: asistió a Lohengrin Angela Merkel, que aplaudió de pie al final con la misma intensidad y cara de satisfacción que la que se mostró a medio mundo en Sudáfrica con motivo de la victoria futbolística de Alemania frente a Argentina. Dos: en el momento de mayor rechazo del público a Hans Neuenfels y su escenógrafo saltaron al escenario Katharina y Eva Wagner para solidarizarse con ellos en un abrazo. Con gestos de este calado esta pareja tiene cuerda para rato.

J. Á. VELA DEL CAMPO

Fuente: El País

Rock, jazz y una de calamares

Kris Kristofferson y Elvis Costello abarrotan la clausura del Festival de San Sebastián

Pregunta: ¿Qué hacen Loquillo y Mikel Erentxun en un festival de jazz? Respuesta: Escuchar a Kris Kristofferson y a Elvis Costello. Pregunta: ¿Qué hacen Kristofferson y Costello en un festival de jazz? Respuesta: No sabe / no contesta. La cosa es que el cantautor metido a astro de la pantalla y el feliz consorte de la pianista Diana Krall y padre de gemelos clausuraron la 45º edición del Festival de Jazz de San Sebastián con los tendidos de La Trini al 100% de su ocupación y el personal sin localidades atiborrando las cercanías del lugar, que lo que no se ve, al menos, puede escucharse. Y si aquello no era jazz, a nadie pareció importarle. Ya se sabe que la afluencia a un concierto de jazz es inversamente proporcional a la cantidad de jazz que contiene la música. A menos jazz, más oyentes, y viceversa.

Jazz o no jazz, el del domingo fue un concierto no solo estupendo sino instructivo. Así, pudimos enterarnos de que Kristofferson estuvo de turismo por San Sebastián en 1958, y que probó los calamares en su tinta, dato notable que seguramente influyó en su manera de componer. Cincuenta años después, K. K. volvió a la ciudad sin añadidos de ningún tipo: su voz, la guitarra y la armónica, y eso fue todo. Con el añadido de que ni cantando ni tocando la guitarra o la armónica es gran cosa. Pero tiene algo, un ángel. Y unas canciones que parecen ser una sola troceada en rodajas de unos tres minutos de grosor.

Kristofferson se las cantó todas. De Bobby McGee -famosa por la versión de su ex, Janis Joplin- a Sandinista, de sus días de combatiente por la causa antiimperialista. Y, como si no hubiera sido suficiente, volvió a subir al escenario para cantarse un par de coplillas a dúo con el colega Elvis, al término del set de este. Que si bueno había sido lo de K. K., mejor todavía fue el recital del inglés, junto con su grupo de country, The Sugarcanes.

Cualquier recelo que nadie pudiera albergar en torno a la posibilidad de escuchar música vaquera sin resultar dañado en su equilibrio mental, lo despejó el rockero de canotier en un acorde. Algo tremendo, inaudito casi. Costello no concede un momento de respiro al oyente que apenas tiene tiempo de asimilar la que se le viene encima. En su repertorio, las versiones sesenteras -You’ve got to hide your love away, de Lennon-McCartney, o Friend of the devil, de Grateful Dead- se alternan con las composiciones del propio artista -las clásicas Alison y New Amsterdam o la deliciosa A slow drag with Josephine-, todo en su justa medida. Y el personal, a gozarla, puesto que de eso se trataba. Pero eso no fue todo.

Aquella misma tarde se nos dio la oportunidad de escuchar a una cantante de ópera interpretando jazz. Jessye Norman, nada menos. El recital de la susodicha en el auditorio del Kursaal nada tuvo que ver con lo que se ha podido escuchar a alguno de sus colegas cuando se les da por cantar rancheras o a Mecano, y menos mal.

La soprano, famosa por sus interpretaciones de Beethoven y Verdi, tiró de memoria histórica para recuperar un repertorio que, asegura, forma parte de su educación sentimental. Mucho Ellington -Don’t get around much anymore, I’ve got it bad (and that ain’t good), Heaven, pertenecientes a su ciclo de Conciertos Sacros…-, algún recuerdo a las colegas caídas en combate -Josephine Baker, Lena Horne, Odetta…- y hasta My baby just cares for me, de Nina Simone, a ver quién nos iba a decir que íbamos a escuchar nunca a la diva cantando aquello de “mi chico no se preocupa por coches ni carreras, mi chico solamente se preocupa por mí”.

La Norman prescindió de alardes innecesarios para centrarse en lo que importa: la canción. El resultado fue lo más parecido a un recital de jazz tal y como se estilaba en tiempos de Sarah Vaughan y Ella Fitzgerald. Al final ha tenido que venir una cantante de ópera para recordarnos cómo se canta jazz. Tiene guasa la cosa.

CHEMA GARCÍA MARTÍNEZ

Fuente: El País